Mientras avanzaba la cena, empecé a pensar que quizá había tenido suerte. No había silencios incómodos ni actitudes que llamaran mi atención. Todo parecía fluir con una naturalidad poco habitual. Incluso el personal del restaurante nos atendía con amabilidad, haciendo que la experiencia resultara aún más agradable.
Después del postre llegó el momento de pedir la cuenta. Sin dudarlo, él tomó la carpeta donde venía el comprobante y colocó su tarjeta bancaria antes de entregársela a la mesera. Continuamos hablando mientras esperábamos que regresara.
Unos minutos después ocurrió algo que cambió por completo el ambiente de la mesa.
La empleada volvió con expresión seria y, dirigiéndose exclusivamente a él, dijo con calma:
“Señor, su tarjeta fue rechazada.”
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