relacionarse con los demás.
Se aprende a confiar más, a soltar aquello que no se puede controlar y a vivir con mayor serenidad.
Llamar a Dios no elimina las dificultades, pero sí cambia la manera de atravesarlas.
Es un recordatorio constante de que siempre hay una guía, una presencia que escucha y acompaña.
Por eso, aunque el tiempo parezca no alcanzar y las responsabilidades sean muchas, dedicarle un momento a Dios es un regalo para el alma.
Amén es más que una palabra final; es una afirmación de fe, esperanza y amor que sostiene el corazón femenino día tras día.
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