Uno de los miedos más comunes tras una pérdida es sentir que el espíritu sigue rondando la habitación. Se percibe en el silencio, en un aroma, en una prenda de vestir. Pero estas sensaciones no provienen del alma del difunto… sino del amor que aún conservamos.
La Escritura lo dice claramente:
“El cuerpo vuelve a la tierra, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:7).
Un ser querido no está atrapado en la almohada, los muebles ni la cama. El espíritu no vaga de una habitación a otra. No está suspendido entre este mundo y el otro.
Quien muere regresa a Dios.
Y en ese encuentro hay paz, no sombras.
Entonces ¿qué sentimos?
Ausencia.
Dolor.
Memoria viva.
La cama no encierra peligro. Encierra historia.
La cama no es un lugar de muerte, es un lugar de vida.
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