El estrés excesivo no siempre se nota por fuera, pero por dentro puede pasar factura…
El estrés no significa únicamente “estar preocupado”.
Cuando el cerebro interpreta que existe una amenaza —aunque sea una pendiente del trabajo o una dificultad en casa— activa un sistema de alerta.
Esa señal provoca que el corazón se acelere, los músculos se pongan rígidos y que el cuerpo libere hormonas como el cortisol y la adrenalina para prepararnos para actuar.
Durante un momento, eso es útil.
De hecho, cierto nivel de estrés es normal e incluso necesario para reaccionar y adaptarnos.
El verdadero problema aparece cuando esa alerta permanece encendida todo el tiempo .
Si vivimos en tensión constante, el organismo comienza a agotarse y empiezan a surgir consecuencias.
Por ejemplo, el cortisol puede elevar los niveles de glucosa, ya que libera energía rápida para “protegernos”, aunque no exista un peligro real.
También puede favorecer el aumento de triglicéridos y de la presión arterial, porque el corazón trabaja con mayor intensidad y los vasos sanguíneos permanecen contraídos.
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